Nunca he dejado de sentir, a distancia, esa bendita tierra de Chignahuapan. La imagino como un lugar mágico, con sus bellos atardeceres, en dónde ya oscureciendo comienzan a encenderse luces amarillas, salen las niñas a comprar el pan. El ambiente tiene la esencia de su infancia feliz, olor a pan, risas, y la pureza inocente de sus conversaciones: ¡felicidad detenida en el tiempo y guardada para la eternidad!
Ser niña en Chignahuapan ha sido uno de los más grandes regalos que me ha dado la vida.
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